Para hoy ya estaba listo, dispuesto a salir, (el 30) a conocer a alguien más, me puse la camisa roja encima para ver si podía demostrar que el rojo y el negro me iban bien. Llegaba tarde, como era de costumbre, bajaba las escaleras del metro y ahí estabas, según tú, haciéndote la loca. Jejeje. Tomar tu mano no es algo que yo no hubiese querido hacer, pero quien sería yo para pedirle tal azaña a un ser como tú? Qué bueno que eres tan ideal, tomas la iniciativa justo en el momento exacto, en el punto en el que deseo que suceda. Cada palabra que cruzamos, cada mirada me hizo entender que debía atemorizarme, fuese lo que hubiese hecho, no estaba preparado para aceptarlo, pero te estaba encantando y tú me estabas encandilando con tu hermosura, con tu modo de mirar. Cada detalle en tus ojos, en tus labios que no fueron desconocidos para mí porque luego serían los dulces que siempre quiero probar, a los que soy adicto.
Me sorprendieron mucho tus gestos y tu manera de mirarme, de emocionarme, creo que en cierto modo tu inocencia me dejaba perplejo, pero la segunda vez que te vi dejaste de ser tan así y me sometiste a tu encanto femenino, te vestiste de manera informal y mostraste tus dotes logrando llenar todos los sitios de mi ser. Llevaste a los límites mis pensamientos y razonamientos, hasta llegué al temor de perderte y me volví loco. Pero aprendí a calmarme a veces.


